HAY QUE DECIRLO. – Es un auténtico albur el que juegan los personajes políticos que aspiran a un cargo de elección popular.

En primer término, deben contar con recursos económicos suficientes para cubrir las exigencias de su campaña, sobre todo para saciar las peticiones de un electorado tan politizado como amañado.

Por obviedad, la inversión que hacen en sus «simpatizantes» suele ser dinero perdido; la mayoría de las veces no hay retribución ni reciprocidad alguna.

​A pesar de las constantes pruebas de que aplausos y vitoreos no garantizan nada, los candidatos siguen arriesgando, aun sin la certeza de que esos mismos ciudadanos respaldarán su proyecto en las urnas.

Ahora bien, en el caso de los servidores públicos que buscan la reelección, la historia es similar: el trabajo realizado en beneficio de la comunidad suele reducirse al simple «cumplimiento de su obligación».

Para el votante, no cuenta la voluntad política de llevar beneficios a los sectores que permanecían en el olvido.

También pierde valor ciudadano cualquier festejo voluntario —a las madres, niños, periodistas, maestros o policías— que no esté exigido por reglamento.

En esos eventos pueden ser cientos los favorecidos con obsequios, sin embargo, al final la amnesia colectiva se hace presente y en las urnas impera el «si te vi, ni me acuerdo».

​Desde la visión de www.manteporeso.com, esa es la cruel realidad en la que se desenvuelve la clase política… NI MODO, HAY QUE DECIRLO.