HAY QUE DECIRLO. – El escenario político de El Mante es el teatro de las personalidades mutantes. Cada tres años, los rostros de siempre —y algunos nuevos— se lanzan sobre un electorado que, lejos de ser ingenuo, se ha vuelto insaciable.
En este entarimado, los aspirantes bisoños y los «viejos lobos» de amargas derrotas reparten lo que pueden, pactando compromisos con una ciudadanía que domina el arte del engaño: reciben el regalo, pero muerden la mano de quien los dio o, peor aún, se quedan en casa el día de la elección.
Es un «toma y daca» agotado.
Para los candidatos, la campaña es una lotería costosa; para el ciudadano, un mercado de ocasión.
Hoy, las siglas partidistas son espejismos.
Ni el Guinda, ni el Tricolor-Guinda, ni el Azul garantizan nada por sí solos.
La moneda está en el aire y dependerá de la identidad de quien logre conectar con «la gente».
Sin embargo, hay un error de cálculo en los adelantados: corren como velocistas en una carrera que es de fondo.
Mientras unos se desgastan en el activismo frenético, en la sombra se percibe un trabajo sólido y silencioso.
Hay alguien que, inmóvil, espera los tiempos verdaderos. NI MODO, HAY QUE DECIRLO…