HAY QUE DECIRLO. — Setenta y siete años pesan, pero también curten.

En este largo andar, lo satisfactorio no es solo haber llegado, sino poder decir que aquí seguimos, en pie y con el cuchillo entre los dientes.

A las 23:45 horas del 24 de diciembre de 1948, abrí los ojos para enfrentar la vida.

Desde ese primer aliento, el destino me marcó el rumbo: nada sería regalado.

Mi historia es una de tropezones, caídas y regresos violentos a la superficie.

Mi único credo ha sido conservar la vertical, la frente en alto y la vista clavada en el horizonte; manteniendo la sonrisa incluso cuando el viento soplaba en contra.

Viniendo de una familia numerosa y humilde, la academia me cerró las puertas, pero la vida me obligó a ser mi propio maestro.

Fui autodidacta por necesidad y guerrero por convicción.

Me hice notar en el Karate sin que nadie me llevara de la mano y me curtí en el fútbol americano, aprendiendo que la única forma de avanzar es teniendo el coraje de dar y recibir golpazos.

En el terreno del periodismo, no ocupo una silla por herencia ni por favores; mi sitio lo gané a base de pura perseverancia.

Fui Director de diarios locales abriéndome paso a machetazos, sin que nadie me despejara el camino.

Y aunque a muchos «colegas» les escueza aceptarlo, en este oficio de informadores soy el más antiguo.

No hablo de años acumulados, sino de tiempo efectivo en la línea de fuego.

Hoy agradezco a la vida por estos 77 años de batalla.

Por tradición, no espero nada de nadie; conozco a muchos, pero les aseguro que son muchos más los que me conocen a mí… NI MODO, HAY QUE DECIRLO.