El Mante, Tamaulipas, México / Octubre 22 de 2025 / Nos visita una punzada de desconsuelo cuando vemos que esta Ciudad que nos vio nacer parece navegar a la deriva, sumergida en un retraso que no le hace justicia a su memoria.

Como todo en la vida, El Mante ha tenido sus altas y sus bajas, pero el recuerdo de la niñez y la juventud siempre es selectivo, obstinado en aferrarse a lo que fue.

Queremos que el paisaje sea inmutable, que el tiempo no haya hecho mella en las calles ni en los edificios.

Sabemos que ese deseo es imposible.

Hemos sido testigos del ineludible crecimiento de la mancha urbana, un fenómeno social que, nos duela o no, no pudo sostener la prosperidad que antes conocimos.

Pensemos en el hielo.

A principios de los años sesenta, éramos menos habitantes, pero más autónomos.

En aquel entonces, llegaron a funcionar hasta tres fábricas de hielo en la ciudad.

Hoy no queda una sola.

El agua solidificada, esos grandes bloques y los cubitos embolsados, ya no son un producto local; ahora tienen que viajar desde Ciudad Valles, S.L.P., para suplir nuestra demanda.

Recuerdo sus ubicaciones: la que estuvo por la calle Guerrero, entre Manuel González y Ocampo; la otra, por la Pedro José Méndez, entre Pablo L. Sidar y Galeana; y una más en Pablo L. Sidar con Alejandro Prieto.

De esas empresas, que daban empleo y autosuficiencia, hoy solo queda el vacío.

Y, sin embargo, la imagen más nítida es la de aquellos hieleros que en sus vehículos recorrían El Mante.

Los veías haciendo la entrega de barras colosales de agua congelada, destilando gotas de sudor y frescura en refresquerías, restaurantes, hoteles o en la nevera de alguna casa particular.

Eran, sin duda, otros tiempos, más simples y más nuestros.

Esos tiempos que se fueron sin dejar más rastro que el frío recuerdo de lo que fuimos capaces de generar… Alguien camina por donde ya pasé…