HAY QUE DECIRLO . – En El Mante, la historia del acueducto no es solo la de una obra de infraestructura; es el reflejo de casi 30 años de espera, de proyectos ambiciosos, de administraciones que pasaron la estafeta sin lograr su cometido y, finalmente, de un funcionamiento que, lejos de ser la solución definitiva, ha traído consigo nuevos y frustrantes problemas.

La paciencia de los ciudadanos, que por décadas anhelaron un suministro de agua potable estable, se pone a prueba una vez más.

La idea nació hace casi tres décadas, pero solo tomó forma en el trienio 2002-2004, aunque sin éxito.

Doce años después, entre 2014 y 2016, se reinició la construcción, pero quedó inconclusa.

Y cuatro años más tarde, de 2018 a 2021, la obra finalmente se completó.

Sin embargo, lo más desconcertante de esta larga saga es que, una vez terminada, la obra no se puso a prueba.

No hubo bombeo, no se revisó el flujo de agua en sus kilómetros de tubería, y cualquier defecto quedó oculto, fue una obra que se entregó sin funcionar.

No fue sino hasta el trienio 2021-2024 que el acueducto se puso en marcha, cumpliendo un anhelo de casi 30 años.

La llegada del agua a las plantas potabilizadoras debería haber sido el final feliz de esta historia.

Pero como en todo gran relato, la realidad tiene sus giros inesperados.

Ahora, en la actual administración 2024-2027, el «final feliz» se ha convertido en una serie de interrupciones y fallas.

El sistema, que nunca fue probado en su totalidad, ha mostrado sus puntos débiles: enormes fugas, averías en el sistema de bombeo y, como consecuencia inevitable, la suspensión del servicio a toda la población.

La indignación de los ciudadanos es comprensible, no entienden por qué, después de una espera de casi 30 años, el servicio de agua sigue siendo intermitente.

Se nos ha dicho que «no hay culpables, solo detalles que no se tomaron en cuenta», pero esta excusa, por más que se repita, no resuelve el problema.

La falta de un plan integral que incluyera pruebas rigurosas y un mantenimiento preventivo es la verdadera falla, y el costo de esta omisión lo pagamos todos.

El acueducto es un recordatorio de que una obra inconclusa no es la única forma de fracasar; una obra que no funciona como debería, a pesar de haber sido terminada, es un fracaso tan grande o incluso mayor.

HOY corresponde a las autoridades la responsabilidad de poner fin a ese ciclo de promesas y deficiencias.

Ya no basta con decir… «NI MODO, HAY QUE DECIRLO»… Es hora de que se tomen las medidas necesarias para garantizar el suministro de agua a los hogares de El Mante.